En "la Palabra para la vida" estudiaremos la Biblia para entenderla correctamente y se vive según sus enseñanzas, aplicando la fe en la vida diaria. Esto implica escucharla, orar, obedecer al Espíritu Santo para guiar las acciones y utilizar la Palabra como una brújula para tomar decisiones y ser una persona transformada.
“Yo soy la resurrección y la vida”
Domingo, 22 de marzo de 2026
Evangelio según San Juan (Jn 11, 1-45)
En aquel tiempo, había un enfermo, Lázaro, de Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro.
— Las hermanas mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo.»
— Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días donde estaba.
— Después dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»
— Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte, ¿y vas a volver allí?»
— Jesús contestó: «¿No tiene el día doce horas? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta la luz.»
— Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo.»
— Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará.»
Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.
— Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Vamos a verlo.»
— Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania distaba de Jerusalén unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
— Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
— Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
— Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
— Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
— Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama.»
Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en el pueblo, sino que estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado.
Los judíos que estaban en casa consolando a María, al ver que se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí.
— Cuando María llegó a donde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies diciendo: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.»
— Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
— Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar.
— Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
— Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?»
Jesús, profundamente conmovido otra vez, llegó al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
— Dijo Jesús: «Quitad la losa.»
— Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le replicó:
— «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
— Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
— Y dicho esto, gritó con voz potente: «¡Lázaro, sal fuera!»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
— Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
Comentario
El relato de la resurrección de Lázaro, en el Evangelio de Juan, no es simplemente la narración de un milagro, sino una profunda revelación del misterio de Cristo y de la vida que Él ofrece. Desde el inicio sorprende que Jesús no acuda inmediatamente ante la enfermedad de su amigo. Este aparente retraso desconcierta, pero pone de manifiesto que Dios no actúa según nuestras prisas, sino según un designio más profundo, orientado a suscitar la fe y manifestar su gloria. Lo que parece ausencia o demora es, en realidad, preparación para algo mayor.
El encuentro con Marta muestra un camino de fe que pasa de una creencia general en la resurrección futura a una adhesión personal a Jesús. Cuando Él afirma: “Yo soy la resurrección y la vida”, no está hablando de algo lejano, sino de sí mismo como fuente de vida ya presente. La fe cristiana no consiste solo en esperar algo para el final, sino en reconocer que en Cristo la vida de Dios ya ha entrado en nuestra historia.
El momento en que Jesús se conmueve y llora ante la tumba de su amigo revela con gran fuerza la humanidad de Dios. No es un Dios distante ni ajeno al dolor, sino un Dios que participa del sufrimiento humano. Su llanto no es signo de impotencia, sino expresión de un amor verdadero que se implica y que no permanece indiferente ante la muerte.
Cuando Jesús manda quitar la losa del sepulcro, introduce un elemento decisivo: pide la colaboración humana. Aunque Él tiene poder para devolver la vida, quiere que el hombre participe, que quite aquello que impide el paso de la vida. Muchas veces, como Marta, pensamos que ciertas situaciones ya no tienen solución, que “huelen mal”, que están definitivamente cerradas. Sin embargo, el Evangelio invita a confiar en que para Dios nada está perdido.
La llamada “¡Lázaro, sal fuera!” es una palabra creadora, eficaz, que vence la muerte. No es solo una orden dirigida a un muerto, sino una llamada que resuena en toda existencia humana, especialmente allí donde hay situaciones de oscuridad, de pecado o de desesperanza. Cristo sigue pronunciando hoy esa palabra, llamando a salir de todo lo que nos encierra.
Sin embargo, Lázaro sale todavía atado, y Jesús encarga a los demás que lo desaten. Esto muestra que la vida nueva que Cristo da necesita también ser acompañada, liberada en el seno de la comunidad. La salvación no es un acto aislado, sino un proceso en el que también los otros tienen un papel.
En definitiva, este Evangelio nos sitúa ante una verdad central: Jesús no solo da vida, sino que es la Vida. Frente a todo lo que parece definitivo, frente a toda forma de muerte, Él abre un camino nuevo y nos invita a creer, incluso cuando todo parece perdido.
Jesucristo, LUZ del mundo
Domingo, 15 de marzo de 2026
Oración
Señor Jesús, luz del mundo,
abre mis ojos para reconocerte en mi vida.
Ilumina mis dudas, mis miedos y mis caminos.
Quita las cegueras de mi corazón
y ayúdame a crecer cada día en la fe.
Que camine siempre en tu luz.
Amén.
El domingo 15 de marzo de 2026, meditando las lecturas del Ciclo A, la Iglesia propone el Evangelio del ciego de nacimiento en el Evangelio de Juan. Este día corresponde al Domingo de Laetare, un domingo especial dentro de la Cuaresma que invita a la alegría, porque la Pascua está cada vez más cerca. En este relato, Jesucristo se presenta como la luz del mundo, capaz de iluminar no solo los ojos del cuerpo, sino también el corazón.
Comentario de hoy
El Evangelio comienza diciendo que Jesús ve a un hombre ciego de nacimiento. Los discípulos preguntan quién pecó para que naciera así. En aquella mentalidad era común pensar que la enfermedad era consecuencia de un castigo. Pero Jesús rompe esa idea. Él responde que no se trata de buscar culpables, sino de manifestar las obras de Dios. Jesús no mira al ciego como un problema, sino como una persona digna de amor.
Jesús hace barro con su saliva, lo pone en los ojos del ciego y le dice que se lave en la piscina de Siloé. Este gesto recuerda el momento de la creación cuando Dios formó al ser humano del barro. Es como si Jesús creara unos ojos nuevos. El hombre obedece, se lava y regresa viendo.
Pero aquí comienza algo aún más importante que el milagro físico: su camino de fe. El hombre curado va descubriendo quién es Jesús poco a poco.
1. Primero dice: “Ese hombre que se llama Jesús.”
2. Después afirma: “Es un profeta.”
3. Más tarde reconoce que viene de Dios.
4. Finalmente, cuando se encuentra con Jesús otra vez, declara: “Creo, Señor.” y lo adora.
Este proceso refleja nuestra propia vida espiritual. La fe casi nunca aparece completa de inmediato. Va creciendo con el tiempo, con experiencias, preguntas y encuentros con Dios. El ciego empieza sin ver nada y termina viendo no solo con los ojos, sino con el corazón.
Mientras el ciego empieza a ver, los fariseos hacen lo contrario. Ellos discuten, investigan, interrogan al hombre y a sus padres. No pueden aceptar el milagro porque Jesús lo hizo en sábado. Su problema no es la falta de inteligencia, sino la dureza del corazón. Están tan seguros de sus ideas que no pueden reconocer la acción de Dios. Al final del Evangelio, Jesús dice una frase fuerte: los que no ven pueden llegar a ver, pero los que creen ver pueden quedarse ciegos.
Esto nos invita a revisar nuestra actitud interior. A veces también nosotros podemos caer en la tentación de pensar que ya sabemos todo sobre Dios, y dejamos de escuchar.
#DomingoLaetare #CaminoHaciaLaPascua #Cuaresma2026
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Jesús, fuente de agua viva
Domingo, 8 de marzo de 2026
Juan, 4, 5-42
Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice «dame de beber», le pedirías tú, y él te daría agua viva» La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».
Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».
La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».
Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».
Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días.
Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».
Comentario de hoy
Dentro de nuestro camino cuaresmal hoy se nos propone una escena conocida: la samaritana. El pozo en la literatura bíblica, es un lugar de encuentro, un espacio donde descansar y compartir.
Un pozo, una mujer y Jesús encuadran el Evangelio de este domingo… La vida de aquella mujer había transcurrido entre maridos y entre viajes al pozo para sacar agua. La insuficiencia de un afecto no colmado (los seis maridos) y la insuficiente agua para calmar una sed insaciada (el pozo de Sicar), nos llevan a pensar en la otra insuficiencia: la de una tradición religiosa que aun teniendo rasgos de la que Jesús venía a culminar con su propia revelación, si faltaba Él era incompleta.
Por eso en el evangelio de Juan, el Señor se presentará como el Agua que sacia y como el Esposo que no desilusiona. Cuando no daban más de sí nuestros esfuerzos y empeños y seguíamos arrastrando todas las insuficiencias, lo que representa también en nosotros los maridos y la sed, el desencanto y la fatiga, ha venido a nuestro lado como esposo, como amigo, como agua… el Mesías esperado.
«Dame de beber» La sencilla petición de Jesús es el comienzo de un diálogo, mediante el cual Él, con gran delicadeza, entra en el mundo interior de una persona a la cual, según los esquemas sociales, no habría debido ni siquiera dirigirle la palabra. Jesús cuando ve a una persona va adelante porque ama. No se detiene nunca ante una persona por prejuicios. Jesús la pone ante su situación, sin juzgarla, haciendo que se sienta considerada, reconocida, y suscitando así en ella el deseo de ir más allá de la rutina cotidiana.
Jesús tenía necesidad de encontrar a la samaritana para abrirle el corazón: le pide de beber para poner en evidencia la sed que había en ella misma. La mujer queda tocada por este encuentro: dirige a Jesús esos interrogantes profundos que todos tenemos dentro, pero que a menudo ignoramos.
También nosotros tenemos muchas preguntas que hacer, ¡pero no encontramos el valor de dirigirlas a Jesús! La cuaresma es el tiempo oportuno para mirarnos dentro, para hacer emerger nuestras necesidades espirituales más auténticas, y pedir la ayuda del Señor en la oración. El ejemplo de la samaritana nos invita a expresarnos así: «Jesús, dame de esa agua que saciará mi sed eternamente».
Había ido a sacar agua del pozo y encontró otra agua, el agua viva de la misericordia, que salta hasta la vida eterna. ¡Encontró el agua que buscaba desde siempre! Corre al pueblo, aquel pueblo que la juzgaba, la condenaba y la rechazaba, y anuncia que ha encontrado al Mesías: uno que le ha cambiado la vida. Porque todo encuentro con Jesús nos cambia la vida, siempre. Es un paso adelante, un paso más cerca de Dios. Y así, cada encuentro con Jesús nos cambia la vida. Siempre, siempre es así.
La transfiguración de Jesús
Domingo, 1 de marzo de 2026
Mateo, 17, 1-9
1Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. 2Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 4Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 5Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». 6Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. 7Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». 8Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 9Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
Comentario de hoy
En el camino cuaresmal la Iglesia siempre nos conduce hoy al monte de la Transfiguración. Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y “sube al monte a orar”. También nosotros hemos comenzado la Cuaresma como una subida. Subir implica esfuerzo, dejar cosas atrás, no acomodarse. No se sube a un monte distraídamente. Se sube con decisión. ¿Estamos viviendo la Cuaresma como una auténtica subida espiritual?¿O la estamos dejando pasar como un tiempo más?
Mientras Jesús ora, “el aspecto de su rostro cambió” y sus vestidos se volvieron de una blancura deslumbrante. Aparecen Moisés y Elías hablando con Él “de su éxodo”, es decir, de su pasión, muerte y resurrección. Jesús se transfigura cuando está hablando de su entrega. La luz brota del amor que se dona hasta el extremo. También nosotros buscamos la luz, la consolación, la paz… pero muchas veces queremos llegar a la gloria sin pasar por la cruz. La Transfiguración nos enseña que el sufrimiento vivido en fidelidad y amor no es fracaso, sino camino de gloria.
Cuántas veces nuestras cruces —familiares, pastorales, personales— nos parecen oscuras. Este evangelio nos dice: no te detengas en la noche; el Padre ya ha pronunciado su palabra definitiva sobre el Hijo, y la pronunciará también sobre tu vida.
Pedro, deslumbrado, exclama: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas…”Es la tentación de instalarse en los momentos de luz, de querer fijar lo extraordinario y evitar el descenso. Pero la experiencia del Tabor no es para quedarse allí; es para fortalecerse y bajar al valle, donde espera la cruz y también la humanidad necesitada. La Cuaresma no es huida del mundo; es preparación para amar mejor en el mundo. En el centro del pasaje resuena la voz del Padre: “Este es mi Hijo, el Elegido: escuchadlo. ”Escucharlo significa dejar que su Evangelio ilumine mis decisiones, mis criterios, mi manera de tratar a los demás. Significa también aceptar su palabra cuando me corrige, cuando me invita a la conversión. Después de la experiencia luminosa, todo vuelve a la normalidad. Jesús queda solo. Los discípulos guardan silencio. La vida cristiana no está hecha de experiencias extraordinarias continuas, sino de fidelidad diaria sostenida por la memoria de la luz. La Transfiguración es un anticipo de la Pascua. Nos asegura que el final no es la cruz, sino la gloria. Y esta certeza nos permite atravesar el desierto cuaresmal con esperanza.
Oración
“Que durante esta cuaresma mi vida resplandezca de tu luz Señor. Aquella luz que Tú has puesto en mi vida y que me invita a entregarme con generosidad amando a mis hermanos como Tú me amas a mi.”
La tentación de Jesús en el desierto
Domingo, 22 de febrero de 2026
No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. El corazón humano tiene hambre de algo más profundo: sentido, verdad, amor y Dios.
Mateo, 4, 1-11
1Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. 2Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. 3El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». 4Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». 5Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo 6y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”». 7Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”». 8De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, 9y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». 10Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». 11Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
Comentario
Hoy iniciamos el camino fuerte de la Cuaresma. Hace apenas unos días recibimos la ceniza y escuchamos: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Y este primer domingo nos presenta siempre el Evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto.
El Espíritu conduce a Jesús al desierto. No va por casualidad. No huye. No se pierde. Es llevado por el Espíritu.
El desierto en la Biblia es lugar de prueba, pero también de encuentro con Dios. El pueblo de Israel pasó cuarenta años en el desierto aprendiendo a confiar. Jesús pasa cuarenta días, reviviendo la historia del pueblo, pero esta vez siendo fiel donde otros fallaron. La Cuaresma no es huir del desierto, sino atravesarlo con Dios.
El diablo no inventa nada nuevo. Sus tentaciones siguen siendo actuales.
“Convierte estas piedras en pan”
Es la tentación del tener, del materialismo, de creer que lo único importante es lo inmediato. Jesús responde: “No solo de pan vive el hombre”. Hoy la sociedad nos dice: “Consume más, gana más, disfruta más”. Pero el corazón humano tiene hambre de algo más profundo: sentido, amor, verdad.
“Te daré todo el poder y la gloria”
Es la tentación del poder y la ambición. Cuántas veces queremos dominar, imponer, sobresalir, incluso en la familia o en la parroquia. Jesús responde: “Al Señor tu Dios adorarás”. Solo Dios es absoluto. Cuando ponemos otra cosa en su lugar, nos volvemos esclavos.
“Tírate abajo…”
Es la tentación de poner a prueba a Dios, de exigirle pruebas, milagros a nuestra medida. Es decir: “Señor, si existes, demuéstramelo como yo quiero”. Jesús responde con confianza humilde. No manipula al Padre.
Jesús vence no con fuerza espectacular, sino con la Palabra de Dios. No dialoga demasiado con la tentación. No negocia. Responde con firmeza.
La Cuaresma nos ofrece tres armas:
Oración (para fortalecer el espíritu)
Ayuno (para ordenar nuestros deseos)
Limosna (para abrir el corazón al prójimo
No son prácticas antiguas sin sentido. Son medicina espiritual.
La Cuaresma es un combate, pero no estamos solos. Cristo ya venció. Y si caminamos con Él, también nosotros podemos vencer.
Que este tiempo no pase como uno más. Que sea verdadero tiempo de conversión
#Mateo4 #Cuaresma2026
MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV PARA LA CUARESMA DE 2026
Publicamos a continuación el texto del Mensaje del Santo Padre León XIV para la #Cuaresma de 2026 sobre el tema «Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión»
Recomendamos leer el Mensaje del Santo Padre León XIV con motivo de la Cuaresma de 2026, en el que pide que nuestras comunidades se conviertan en “lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor”.
👉 Texto completo en la Web del Vaticano: https://share.google/AY382Wea7bHIssSGk
📝 Resumen del mensaje en la Archidiócesis : https://www.archisevilla.org/el-papa-pide-en-cuaresma-que-disminuyan-las-palabras-que-hieren-y-crezca-el-espacio-para-la-voz-de-los-demas/
Domingo, 15 de febrero de 2026
El Evangelio de este domingo, nos sitúa en el corazón del Sermón del Monte. Jesús no viene a abolir la Ley, sino a llevarla a su plenitud.💜
Mateo, 5, 17-37
17 No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. 18 En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. 19 El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
20 Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. 21Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. 22Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego. 23Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, 24deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. 25Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. 26En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.
27Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. 28Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. 29Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna. 30Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna. 31Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. 32Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
33También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. 34Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; 35ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. 36Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello.
37Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.
Comentario a la Palabra
El Evangelio de este domingo, nos sitúa en el corazón del Sermón del Monte. Jesús no viene a abolir la Ley, sino a llevarla a su plenitud. Esta afirmación cambia completamente nuestra manera de entender la fe: no se trata solo de cumplir normas externas, sino de vivir una transformación interior.
Jesús va más allá del “no matarás” y nos invita a revisar la ira, el resentimiento y las palabras que hieren. Va más allá del “no cometerás adulterio” y nos lleva a examinar las intenciones del corazón. Nos enseña que la raíz del pecado no está solo en los actos visibles, sino en aquello que cultivamos interiormente. El discípulo verdadero no busca simplemente evitar faltas graves; busca purificar su mirada, su lenguaje y sus deseos.
Este evangelio nos confronta con una verdad exigente: la justicia del Reino supera la de los escribas y fariseos. No es una justicia de apariencias, sino de coherencia profunda. Jesús nos llama a la reconciliación antes que al culto, a la fidelidad antes que a la comodidad, a la transparencia antes que a la ambigüedad. “Que tu sí sea sí y tu no sea no” es una invitación a la integridad, a una vida sin doblez.
En un mundo donde a veces normalizamos la agresividad verbal, la superficialidad en las relaciones y la falta de compromiso, esta Palabra nos invita a vivir con autenticidad. El cristiano no está llamado a una moral mínima, sino a un amor máximo. La plenitud de la Ley es el amor vivido desde dentro.
#Mateo5
Domingo, 8 de febrero de 2026
💡Vosotros sois la luz del mundo. Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos 🕯️
Mateo, 5, 13-16
Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.
Comentario
Este Evangelio continúa el camino iniciado con las Bienaventuranzas. Jesús no se queda en lo que debemos hacer, sino que va más hondo: nos dice quiénes somos para Él. No dice “deberían ser”, sino “son”. Es una identidad, una misión que ya está en nosotros.
La sal no existe para sí misma: se disuelve, desaparece, pero da sabor y preserva. Así también el cristiano: cuando vive el Evangelio con autenticidad, transforma lo cotidiano, aunque no haga ruido. Pero Jesús advierte: si la sal pierde su sabor, deja de servir. Una fe vivida solo por costumbre, sin coherencia ni compromiso, se vuelve estéril.
La luz, por su parte, no se esconde. No es para deslumbrar ni buscar aplausos, sino para iluminar el camino de otros. Jesús nos invita a que nuestras buenas obras no hablen de nosotros, sino que lleven a los demás a glorificar al Padre. La clave no está en “verse”, sino en servir.
Este Evangelio nos confronta con una pregunta muy concreta:
¿Mi fe le da sabor a la vida de los demás?
¿Ilumino o paso desapercibido por miedo, comodidad o indiferencia?
Ser sal y luz hoy significa vivir con coherencia, justicia, misericordia y esperanza en medio de un mundo que muchas veces parece insípido y oscuro. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de vivir lo ordinario de manera extraordinaria, desde el amor.
Que este domingo pidamos la gracia de no esconder la luz que Dios encendió en nosotros y de no perder el sabor del Evangelio en nuestra vida diaria.
#Mateo5 #SalYLaLuzDeLaTierra
Domingo, 1 de febrero de 2026
La verdadera riqueza no se mide en bienes materiales, sino en la humildad del corazón. 🙏✨ Que estas palabras nos recuerden que el verdadero tesoro es el Reino de los Cielos.
Mateo, 5, 1-12
Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; 2y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: 3«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. 4Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. 5Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. 6Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. 7Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. 8Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. 9Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. 10Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. 11Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. 12Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.
Reflexionamos con las Bienaventuranzas
Jesús vino para que pudiéramos tener vida y tenerla en plenitud, ahora y siempre. Nos dijo que nos había transmitido todo lo que había oído de su Padre, para que nuestro gozo fuera completo; pero a menudo nos contentamos con esperar la felicidad después de la muerte, en una especie de Otro Lugar que llamamos cielo, cuando él quiere que nuestra felicidad comience aquí en la tierra.
¿No interpretamos con demasiada facilidad las bienaventuranzas (que acabamos de oír) de la siguiente manera: bienaventurados los pobres, porque después de su miserable vida en la tierra recibirán en herencia el reino de los cielos; bienaventurados los que sufren, porque serán consolados en el cielo; bienaventurados los hambrientos, porque después de morir de hambre disfrutarán de deliciosos manjares en el cielo, etc., etc.?
El reino de Dios, donde los cojos caminan, donde el leproso es curado, donde el pecador es perdonado, donde los poderosos son derribados de sus tronos y los humildes son exaltados, donde los hambrientos son alimentados, no llegará al final de los tiempos. Este reino debe realizarse aquí en la tierra, o nunca existirá. Si se realiza aquí en la tierra, durará para siempre, porque es una realidad divina, porque es la realización de la dimensión divina del hombre creado a imagen de Dios.
¿Cómo podemos lograr tal misión? - Simplemente haciendo lo que Jesús explica en su Sermón de la Montaña, inmediatamente después de las Bienaventuranzas: "Os dijeron: 'No matarás'. Os digo que no insultéis, ni siquiera ofendáis a vuestro hermano. Se os ha dicho: 'No cometerás adulterio. Os digo que mantengáis puros vuestros ojos y vuestro corazón. Se les ha dicho: ojo por ojo, diente por diente. Os digo que no os dejéis envolver por la escalada de violencia; responded a la violencia con la no violencia. Se les ha dicho: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo os digo: amad a vuestro enemigo como a vosotros mismos.
Cuando todos los cristianos - todos nosotros - vivamos según estos principios, y lo hagamos de forma contagiosa, no habrá más pobres, hambrientos y afligidos. El Reino de Dios se hará realidad. Será el fin del tiempo, porque el tiempo se habrá unido a la eternidad y se habrá fundido en ella.
#Bienaventuranzas #Mateo5
Domingo, 25 de enero de 2026
Mateo, 4, 12-23
Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. 13Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, 14para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: 15«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. 16El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». 17Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». 18Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. 19Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». 20Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. 21Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. 22Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. 23Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
Orar con la Palabra
Celebramos el Domingo de la Palabra de Dios y el Evangelio nos presenta a Jesús comenzando su camino público en un contexto difícil. Hay silencios forzados, ausencias y situaciones injustas, pero allí mismo se enciende una luz nueva. Jesús no huye de la realidad ni espera condiciones ideales para actuar. En medio de lo que parece oscuro o confuso, Él da el primer paso y anuncia que el Reino de Dios está cerca.
Este mensaje es profundamente esperanzador para nuestra vida. Muchas veces pensamos que Dios solo puede actuar cuando todo está en orden, cuando los problemas se resuelven o cuando tenemos claridad absoluta. Sin embargo, Jesús nos muestra que Dios comienza su obra justamente allí donde más se la necesita. Cuando sentimos cansancio, desánimo o incertidumbre, el Señor sigue saliendo a nuestro encuentro y ofreciendo una luz que orienta y da sentido.
Jesús comienza a llamar a personas concretas, en su trabajo cotidiano, en medio de sus tareas habituales. No los convoca desde un lugar lejano ni con discursos complicados. Los mira, los llama y les propone un camino nuevo. La respuesta es inmediata: dejan lo que están haciendo y lo siguen. No porque tengan todo claro, sino porque confían en quien los llama.
Los primeros discípulos no reciben un plan detallado ni garantías. Lo único que saben es que Jesús los invita a caminar con Él y a participar de su misión. Ese seguimiento va transformando su mirada, sus prioridades y su forma de relacionarse con los demás. De pescadores pasan a ser hombres al servicio de una misión más grande.
También nosotros somos llamados a dejarnos transformar. Seguir a Jesús implica revisar qué ocupa el centro de nuestra vida, qué cosas nos atan y qué miedos nos frenan. No se trata de abandonar responsabilidades, sino de vivirlas desde otro lugar, con un corazón más libre y disponible. Cuando ponemos a Dios en el centro, nuestras decisiones comienzan a ordenarse y la vida adquiere una profundidad nueva.
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Domingo, 18 de enero de 2026
Juan, 1, 29-34
Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios». (Jn. 1,29-34)
Este Domingo nos habla del Bautismo en el Espíritu. Y lo hace a través de tres imágenes: El Cordero, La Paloma y el Fuego.
1.– EL CORDERO🐑 . Es el cordero pascual, que era para el judaísmo el signo de la liberación de Egipto. Se trataba de un recuerdo de la liberación de la esclavitud. Se mataba un cordero para comerlo y celebrar un acontecimiento. Quiere decir que por Cristo somos liberados de toda opresión. Y nada nos oprime y esclaviza tanto como el pecado.
2.-LA PALOMA🕊️ . La paloma, que había sido testigo de la muerte y de la destrucción en el diluvio, apareció después como anunciadora de nueva vida. Frente a lo muerto, lo petrificado o lo insensible, el Espíritu despierta siempre el amor a la vida. Por eso, vivir «espiritualmente» es «vivir contra la muerte», afirmar la vida a pesar de la debilidad, el miedo, la enfermedad o la culpa. Quien vive abierto al Espíritu de Dios vibra con todo lo que hace crecer la vida y se rebela contra lo que hace daño y la mata. El Espíritu Santo es considerado por los evangelistas como «Espíritu de vida». Por eso, dejarnos bautizar por Jesús significa acoger su Espíritu como fuente de vida nueva. Su Espíritu puede potenciar en nosotros una relación más vital con él y con los demás. Nos puede llevar a un nuevo nivel de existencia cristiana. El Espíritu nos lleva a vivir una vida en plenitud. No podemos pasar por este mundo con una vida ramplona, achicada, mediocre. Una vida así es vida frustrante, decepcionante, vacía. La vida de Jesús, animada por el Espíritu, es plena, bella, gozosa, ilusionante. Y a participar en esta vida estamos llamados todos los cristianos por la fuerza del mismo Espíritu.
3.- EL FUEGO 🔥 . Los discípulos experimentaron al Espíritu Santo como “fuego”. Un fuego que en el día de Pentecostés se posaba sobre los discípulos hasta enardecerlos, entusiasmarlos. Un fuego, como a los discípulos de Emaús, que les hacía arder por dentro. Eran alegres, entusiastas, fervorosos. Este fuego nos hace falta hoy en la Iglesia. Todo esto lo hemos de descubrir por experiencia personal en Jesús. De lo contrario, a quien no lo descubra, pronto notará que le falta fuerza y pasión; y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie. ”Como una persona que no arde no puede incendiar” (San Agustín).
Con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, construyamos una Iglesia fundada en el amor de Dios y signo de unidad, una Iglesia misionera, que abra los brazos al mundo, que anuncie la Palabra, que se deje interpelar por la historia y se convierta en fermento de concordia para la humanidad. Juntos, como un solo pueblo, como hermanos todos, caminemos hacia Dios y amémonos los unos a los otros. Papa León XIV. (18-Mayo-2025)
Domingo, 11 de enero de 2026
Mateo, 3 - 13-17
13Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. 14Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». 15Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió. 16Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. 17Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
Orar con la Palabra
Se nos acaba el tiempo de Navidad. Hemos caminado juntos por el Adviento, contemplado el Nacimiento de Cristo, vivido la Epifanía y hoy nos encontramos con el Bautismo del Señor.
Con la solemnidad del Bautismo del Señor termina el tiempo de Navidad e iniciamos el Tiempo Ordinario. La escena del Jordán es el principio de la vida pública del Salvador. A nosotros se nos abre también un tiempo “normal”, de camino corriente, tras la maravilla que hemos celebrado en Navidad. Pero también es tiempo de espera y de conversión. Esta primera parte del Tiempo Ordinario terminará en el Miércoles de Ceniza, el dieciocho de febrero. Ese día se inicia la Cuaresma, el ascenso hasta la Pascua gloriosa. Todos los tiempos y los momentos sirven para nuestra conversión. Y una característica de nuestro cambio –de la búsqueda del hombre nuevo—ha de ser el de la paz y la afabilidad. Jesús es afable y pacifico. Y así debemos ser nosotros. Recomendamos muy sinceramente, leer y releer esta semana los textos de la Misa. Y meditarlos en el silencio de nuestros cuartos y en la – deseable – paz de nuestras almas.
Jesús en el río Jordán se hace participe con todos nosotros, los pecadores. La respuesta de Jesús a Juan Bautista aclara desde el primer momento cuál es su misión: «Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». La obediencia de Jesús a la voluntad del Padre pone de manifiesto su condición de Hijo. Obediencia es seguimiento voluntario de lo que el Padre espera de Él: su entrega hasta la muerte por la salvación del género humano. Que se cumpla «así» quiere decir «hasta la cruz».
La voz que se escucha en el cielo es muy importante para la comunidad de Mateo. En los últimos tiempos, el pueblo de Israel creía que el cielo se había cerrado por completo. Pensaban que Dios estaba enfadado con ellos.
El profeta Isaías lo había señalado en su obra: No te irrites tanto, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo… “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 64,7-8; 63,19). Estimaban que Dios se había olvidado de ellos, pecadores. Colocando esa voz que baja del cielo, Mateo da a sus oyentes una buena nueva: el Padre ha escuchado la súplica de su pueblo, la puerta del cielo se ha abierto de par en par y ya no la cerrará más. Se ha acabado la enemistad entre el cielo y la tierra. Jesús es la llave que nos da acceso al Reino. Y todos tienen entrada en él.
Mateo a menudo compara a Jesús con Moisés. También en este episodio se puede ver a Cristo como el nuevo Moisés. Moisés recibió el Espíritu de Dios cuando, junto a todo el pueblo, salió de las aguas del Mar Rojo. Aquella fuerza de Dios le permitió guiar a los hebreos cuarenta años, a través del desierto, hasta la tierra prometida. También Jesús recibió el Espíritu después de haber salido del agua del Bautismo para reunir y conducir hacia la libertad a los hombres.
Domingo, 4 de enero de 2026
Juan 1:1-18
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 5 Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: 7este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. 8 No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; | el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. 13 Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, | ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. 15 Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». 16 Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
Y EL VERBO SE HIZO CARNE. Un Dios hecho “carne” identificado con nuestra debilidad, nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad Un Dios que mira extasiado la multitud de estrellas por la noche, obra de las manos de su Padre, y muy de mañana contempla la belleza de los lirios del campo en primavera. Un Dios que amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros excepto en el pecado.
HEMOS VISTO SU GLORIA. En el evangelio de Juan es muy importante el verbo ver. Pero según él, hay un “ver” en minúscula, es decir, ver la vida y existencia de Jesús en un sentido meramente histórico y un VER con mayúscula que consiste en ver en profundidad los acontecimientos de Jesús y su Persona. A este VER con mayúscula nos invita el evangelio al principio: “Venid y ved” (Jn. 1,39). Y, al final, en una escena estremecedora, nos presenta a Cristo muerto en la Cruz, con una invitación: “Mirarán al que traspasaron” (Jn.19, 37).
Todos los que lean este evangelio deben contemplar el misterio de un Dios que ha muerto por amor.
Domingo, 28 de diciembre de 2025
Mateo 2, 13-15, 19-23
13 Cuando los magos se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». 14 José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto 15 y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».
19 Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto 20 y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño». 21 Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel. 22 Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea 23 y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno.
Cuando todavía resuenan los ecos de las campanas de la Navidad, la Liturgia nos presenta a la Sagrada Familia, para que sigamos reflexionando sobre lo que significa la Encarnación del Hijo de Dios. El título de esta fiesta en medio del tiempo de Navidad es «la Sagrada Familia». Es Sagrada porque el amor es siempre sagrado, y cuando es verdadero «sabe a Dios», porque Dios es amor. Porque María, José y el Niño están «consagrados» totalmente al servicio de la voluntad del Padre. La Familia como Templo de Dios.
Cuando apenas si se habían marchado los Magos venidos de Oriente, cuando duraba aún el regocijo de haber visto cómo aquellos grandes personajes adoraban al Niño, aquella misma noche, el ángel le habla de nuevo para transmitirle un mensaje de lo alto. Algo inesperado y desconcertante. Ponerse en camino de inmediato pues el Niño, el Mesías, el Hijo de Dios, estaba en peligro de muerte. Era algo contradictorio y difícil de comprender que el rey del universo tuviera que esconderse, darse a la fuga por caminos desconocidos y llenos de peligros. Pero san José no titubea ni por un momento y se pone en camino, seguro de que aquello, lo que Dios disponía, era lo mejor que debía hacer. Su fe no vacila, al contrario, cumple con exactitud meticulosa lo que el ángel le ha ordenado.
Los escritos apócrifos han adornado con prodigios la marcha hacia Egipto. Los Evangelios, por el contrario, no dicen nada de eso, pues nada extraordinario ocurrió. José tendría que escoger los caminos menos frecuentados, para mejor burlar a sus perseguidores. Luego, ya en Egipto, buscaría trabajo entre gente extraña, como un emigrante judío más que había ido a Egipto para trabajar. Luego, cuando quizá estaban ya instalados y con todo resuelto, de nuevo se le aparece el ángel del Señor para indicarle que vuelva a su tierra. San José muestra otra vez su animosidad. Cuando llega, oye decir que Arquelao reina en Judea y que es peor todavía que su padre Herodes. Por eso decide marchar a Nazaret. Allí inició su vida de siempre, vida de trabajo afanoso e incesante, bien hecho, con mucho amor de Dios. Así pudo sacar adelante a su familia que, aunque sagrada, no carecía de dificultades.
José, María y Jesús escribieron las páginas más sencillas y entrañables de la Historia, páginas para que las contemplemos y las imitemos. Son tan sencillas que están al alcance de todos. Dios quiso mostrarnos cómo había de ser nuestra vida de familia y, durante treinta años, vivió unas circunstancias del todo iguales a las que hemos de vivir la inmensa mayoría de todos nosotros.
Vivamos, pues, como vivió san José, con una gran fe y, al mismo tiempo, con un esfuerzo serio por hacer bien el trabajo de cada día.
Oremos con la Sagrada Familia
Oh Dios, que nos has propuesto a la Sagrada Familia
como maravilloso ejemplo,
concédenos, con bondad,
que, imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor,
lleguemos a gozar de los premios eterno en el hogar del cielo.
Amén
Domingo, 21 de diciembre de 2025
“Cómo Jesús nació”
Oremos pidiendo en nosotros la disponibilidad de San José:
Te ofrezco, Señor, mis pensamientos, ayúdame a pensar en ti;
te ofrezco mis palabras, ayúdame a hablar de ti;
te ofrezco mis obras, ayúdame a cumplir tu voluntad;
te ofrezco mis penas, ayúdame a sufrir por ti.
Todo aquello que quieres Tú, Señor, lo quiero yo, precisamente porque lo quieres tú, como tú lo quieras y durante todo el tiempo que lo quieras.
Mateo 1, 18-24
18La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. 19José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. 20 Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. 21Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». 22Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta: 23«Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». 24 Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer.
En el Evangelio, San Mateo narra “cómo Jesús nació” y destacó el muy importante y central papel de María y José. Eran instrumentos de Dios para el cumplimiento de su misión de salvación para nosotros. La liturgia nos presenta hoy a un hombre que, en el silencio más profundo, pronunció uno de los “síes” más poderosos de toda la historia de la salvación. ¡José! Del hombre -que no dijo ni una sola palabra en todo el Evangelio-, dice el evangelista san Mateo: “José… hizo lo que el ángel del Señor le había mandado y tomó a María por esposa” (Mt 1,24). Pero cuyo silencio cambió el mundo para siempre.
Tratemos de entrar en el corazón de este hombre. La mujer que ama, María, su prometida, espera un hijo… y él sabe que ese hijo no es suyo. En aquella sociedad, en aquel contexto, esto no era un simple escándalo social. Esto podía significar la muerte para María. La lapidación. El final. Y aquí aparece la grandeza de José: el Evangelio nos dice que “era justo”. Pero ¿qué significa esto? A primera vista, podríamos pensar que José quería repudiar a María porque la ley se lo permitía, porque era lo correcto según las normas.
Pero no. José era justo de una justicia más profunda, más evangélica, más divina.
José era justo porque amaba más allá de la ley. Era justo porque prefería perderlo todo antes que condenarla. Era justo porque, ante el misterio que se desplegaba ante sus ojos, tuvo la humildad reconocer: “Aquí hay algo que me supera. Aquí está actuando Dios. ¿Quién soy yo para entrometerme?”
José pensó en apartarse no por dureza de corazón, sino por respeto al misterio. No se sentía digno. María había sido elegida por Dios… ¿y él? Él era simplemente José, el carpintero. ¿Cómo iba él a insertarse en este plan divino? Pero hay algo más, que no podemos pasar por alto. José era “hijo de David”. Descendiente del gran rey David. Y aquí está la paradoja histórica más impresionante: José, el carpintero de Nazaret, era el heredero legítimo del trono de David. Herodes, en cambio, el que se hacía llamar “rey”, no lo era.
Herodes era un usurpador, un rey ilegítimo impuesto por Roma. El verdadero rey trabajaba con las manos en un taller. El verdadero heredero del trono estaba en la sombra, en el silencio, en la humildad. Y es precisamente a través de él que Jesús será llamado “hijo de David”, el Mesías esperado, el Rey de reyes. Dios tiene un sentido del humor y una pedagogía impresionantes: el Rey del universo no entra en la historia a través de palacios, sino a través de un carpintero. Y entonces, en medio de esta crisis, de esta incertidumbre, de este dolor… Dios interviene. Un ángel se le aparece en sueños a José y le dice: “José, hijo de David” —fijémonos cómo lo llama!, ¡por su dignidad real!— “no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”.
Domingo 14 de diciembre de 2025
Decid a Juan: los ciegos ven
Recemos desde el fondo de nuestro corazón:
“Ven Señor Jesús, se tu la Alegría de mi vida”
Mateo 11, 2-11
2Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle: 3«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». 4Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: 5los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. 6¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!». 7Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? 8¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. 9Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. 10Este es de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. 11En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.
El tercer Domingo de Adviento es conocido como el Domingo de la Alegría. Una alegría desbordante: “El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría”. ¿Cuál es el motivo de la alegría?
Alegraos porque el Señor está cerca. Es curioso descubrir cómo todos los acontecimientos que tienen una relación con el Nacimiento de Jesús están llenos de alegría.
Hoy, a más de 20 siglos de distancia de los hechos, nos preguntamos: ¿Se nota que el Mesías está con nosotros? ¿Vivimos los cristianos una alegría especial? La alegría, la verdadera alegría capaz de convertir el páramo y la estepa de nuestro corazón en “flor de narciso” es el Emmanuel, el Dios con nosotros.
¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? A la cárcel donde está preso Juan Bautista, le llegan noticias de Jesús que a Juan le dejan desconcertado. Jesús no habla de ira, de venganza, de desquite por parte de Dios. En los labios de Jesús afloran palabras de bondad, de dulzura, de cercanía, de perdón y de misericordia. Con Jesús comienza “El Reino de Dios”. Coincidiendo con lo mejor de los profetas, Jesús apela a las obras.
Es curioso que Jesús, a la pregunta de Juan, no contesta con palabras, sino que apela a los hechos concretos: Decidle lo que estáis viendo: “Los ciegos ven, los sordos oyen, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan y los pobres reciben buenas noticias”.
Domingo 7 de diciembre de 2025
Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos
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Oramos
Señor, me reconozco pobre y pecador
ante ti y ante los hermanos.
Ábreme los ojos, Señor, para que me vea como soy
Conviérteme, Señor, de tanta hipocresía
a una vida humilde, de conversión.
Muéstrame los caminos de tu amor.
Llévame por la huella de la compasión y misericordia.
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Mateo 3, 1-12
1Por aquellos días, Juan el Bautista se presenta en el desierto de Judea, predicando: 2«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». 3Este es el que anunció el profeta Isaías diciendo: «Voz del que grita en el desierto: | “Preparad el camino del Señor, | allanad sus senderos”». 4Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. 5Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y de la comarca del Jordán; 6confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. 7Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: «¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? 8Dad el fruto que pide la conversión. 9Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Tenemos por padre a Abrahán”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. 10Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego. 11Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. 12Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga».
Hemos llegado al Segundo Domingo de Adviento y el Evangelio nos propone algo distinto de los mensajes que en estos días encontramos invitándonos al consumo y a la fiesta. Juan el Bautista, alza la voz desde el desierto y nos llama a la conversión.
El camino de la conversión es interior, desde el corazón y para ello se nos recomienda allanar aquello que está torcido en cada uno de nosotros: la soberbia de pensar que siempre tenemos razón, el rencor que nos impide el perdón, el egoísmo que nos encierra en nosotros, las heridas que no hemos sanado, la tristeza que nos paraliza, la fe que se nos ha dormido.
La fe es necesario ponerla de manifiesto con nuestras obras, no basta confesar con los labios es necesario abrir nuestra vida al amor y la misericordia de Dios. Por ello, hoy se nos recuerda con palabras fuertes que no podemos vivir este adviento de modo frío y rutinario.
Domingo 30 de noviembre de 2025
Tiempo privilegiado para prepararnos para el nacimiento del Señor y para vivir el cierre del Jubileo.
Oramos al inicio del Adviento
Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno.
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Mateo 24, 37-44
37Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. 38En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; 39y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: 40dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; 41dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán. 42Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. 43Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. 44Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.
Comenzamos hoy un nuevo Adviento, un nuevo año litúrgico. Y cada inicio trae siempre ilusión, alegría y la experiencia de que Dios vuelve a darnos nuevas oportunidades. Empezar de nuevo es siempre un regalo: nos recuerda que la vida no está cerrada, que siempre podemos crecer, convertirnos, reencontrarnos con Dios, el Dios de la misericordia y de la vida. Eso es el Adviento: un tiempo que despierta la esperanza. En realidad, toda nuestra vida es una preparación. No una preparación por miedo, sino por amor al Esposo, que ya llega. Pero, en el Adviento, se nos invita a prepararnos especialmente.
El Adviento no sólo es un periodo de cuatro semanas que nos prepara para la Navidad. El Adviento es una virtud, una actitud que consiste en interpretar todo lo que sucede en nuestra vida cotidiana, mirando más allá y tratando de ver todo lo que nos sucede en la perspectiva de la historia y de la meta hacia la que se dirige.
En el Evangelio Jesús pide una actitud de "vigilancia" y "atención". Debemos vivir con los ojos abiertos y las manos extendidas. La vigilancia, en el espíritu de este texto evangélico, no es, pues, una espera pasiva del regreso del Señor en una oración de quietud. Es la comunión con Jesús y la participación en su vida.
Estar despierto no sólo significa no dormirse en la despreocupación, como en los tiempos de Noé, sino también velar con Jesús, acompañarlo en su subida a Jerusalén y en la cruz.
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Oremos
Señor, enséñanos a encajar la cruz de cada día; la cruz que exige el amor a los que más sufren y a todas las personas; la cruz que conlleva la lucha por la verdad, por la justicia, por la paz; la cruz que nos viene cuando somos fieles a Ti y a tu Evangelio.
Señor, danos sabiduría para tener siempre presente que la cruz por amor merece la pena, nos hace más humanos, nos acerca a Ti y da vida a cuantos nos rodean.
Señor, enséñame a llevar mi cruz contigo. Amén. (Sta. Teresa de Calcuta).
San Lucas 23, 35-43
35El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». 36Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, 37diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». 38Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». 39Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». 40Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? 41Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». 42Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». 43Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».
La Solemnidad de Cristo Rey cierra el año litúrgico. Y contemplamos en el Evangelio la escena de la agonía de Jesús en la cruz, en medio de las burlas y con la inscripción que lo declara con ironía rey de los judíos.
El reino de Cristo es misterioso y aparece en esta escena como oculto. Su realeza es paradójica, no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo hombre.
El buen ladrón manifiesta una disposición fundamental demandada al otro ladrón: “¡ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios!”.
El temor de Dios significa aquí asumir con responsabilidad y sinceridad las consecuencias de los propios actos, sin echarle a Dios la culpa de ellos. Es lo que el ladrón le explica al otro malhechor: “Nosotros estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero éste no ha hecho ningún mal”.
El temor de Dios mueve al buen ladrón a reconocer y confesar su culpa. Así pasa, mediante la contrición, del temor al amor: “¡Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino!”. Y recibe entonces no solo el perdón de Dios sino también la promesa del paraíso.
«Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas»
San Lucas 21, 5-19
5Y como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo: 6«Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida». 7Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?». 8Él dijo: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos. 9Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida».
10Entonces les decía: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, 11habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo. 12Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. 13Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. 14Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, 15porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. 16Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, 17y todos os odiarán a causa de mi nombre. 18Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; 19con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.
Nos acercamos al final del año litúrgico, y nos encontramos con un evangelio en el que Jesús nos habla de la destrucción del Templo y de la llegada del fin de los tiempos. El Templo de Jerusalén era conocido en la antigüedad por su grandeza y esplendor. Algunos en el evangelio de hoy admiran su calidad y belleza. Sin embargo Jesús les reprocha que tenían un Templo recubierto de oro pero su corazón se había alejado de Dios. Estaban vacíos por dentro y hacían un culto superficial.
Los textos apocalípticos no buscan infundir miedo, sino consolar, animar y alertar a las comunidades que sufren persecución.
Jesús nos previene: “Muchos vendrán en mi nombre diciendo: ‘Soy yo’, ‘ha llegado la hora’. No les sigáis” (Lc 21,8).
Es una llamada a la vigilancia, a no dejarnos engañar por falsas seguridades ni por quienes prometen soluciones fáciles. En tiempos de confusión, la fe se pone a prueba, y es entonces cuando debemos aferrarnos a lo esencial. San Lucas recoge este discurso escatológico para alentar a su comunidad: que no pierdan la esperanza, que comprendan que la historia no se escapa de las manos de Dios. Todo se realiza según lo anunciado por Jesús.
Jesús nos invita a mirar más allá de las apariencias. No nos dejemos seducir por la belleza efímera ni por el miedo al futuro. Lo importante no es saber cuándo será el fin, sino cómo vivimos el presente. La fidelidad a Cristo implica dificultades, incluso rechazo por parte de los más cercanos. Seguirle exige radicalidad, como la que Él vivió en su pasión, hasta sentir el odio en carne propia. Pero también nos asegura: “Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá” (Lc 21,18). Es decir, nada se pierde para quien confía en Él.
El Evangelio concluye con una llamada a la esperanza: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lc 21,19). ¿Cómo esperar ese día? Con perseverancia. Este término respira esperanza en Aquel que cuenta hasta los cabellos de nuestra cabeza. Perseverar es mantenerse firme, resistir, confiar, permanecer en Cristo.
Oración
Señor que ninguna circunstancia pueda apartarnos de tu amor. Danos confianza en Ti para que las dificultades y el mal no pueda tener la última palabra en nuestra vida.
«Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre»
Día 9 de noviembre
San Juan 2, 13-22
13Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. 14Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, 15haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; 16y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre». 17Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora». 18Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?». 19Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». 20Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». 21Pero él hablaba del templo de su cuerpo. 22Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
El evangelista San Juan nos dice que el viejo templo de Jerusalén debe ser sustituido por el nuevo.
Los antiguos sacrificios de animales deben dar paso al verdadero sacrificio agradable al Padre: El de su Hijo muerto en la Cruz. Y el Nuevo Templo será el Cuerpo Resucitado de Jesús. Si el viejo templo, casa de su Padre, no se podía convertir en “mercado”, el Nuevo, mucho menos. Nadie puede hacer negocio con las cosas de Dios.
Los cristianos somos “templos vivos del Espíritu Santo” (1Cor. 3,16). Y en este “nuevo templo” no sacrificamos animales sino que somos nosotros mismos la ofrenda: “Os exhorto a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual” (Ro, 12,1). Yo soy el pan y el vino del sacrificio. Como pan debo de partirme, dar mi vida por los demás. Como vino, debo derramar mi propia sangre en actitud de servicio por mis hermanos.
Oración
Señor, al acercarme al Evangelio me siento fuertemente atraído por un “impacto de novedad”.
Hablas de un nuevo templo, de un nuevo vino, de un nuevo pan, de una nueva vida.
¿Cómo es posible vivir tanta novedad con una vida vieja?
Señor, hazme nuevo, renuévame por dentro, capacítame para las sorpresas que Tú me quieres dar.
Amén
Conmemoración de los fieles Difuntos
Día 2 de noviembre
San Juan,11,17-27
17Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. 18Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; 19y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano. 20Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. 21Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. 22Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». 23Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». 24Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». 25Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; 26y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». 27Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
En el día de ayer, celebramos la Solemnidad de los Santos y, en el día de hoy, el calendario nos trae la Conmemoración de los fieles Difuntos.
Hoy leemos un texto del Evangelio de San Juan, concretamente el de la Resurrección de Lázaro:
Jesús sabiendo que, su amigo Lázaro estaba muy enfermo fue hacia él, pero llegó cuando llevaba cuatro días muerto; Marta la hermana de Lázaro y discípula y amiga de Jesús, le reprocha con delicadeza y con fe su tardanza, pero sabe que aún ahora Jesús puede actuar. El Señor le anuncia que su hermano resucitará y ella entiende que sí lo hará en el último día, pero he aquí que Jesús se revela ante ella diciendo: “Yo soy la resurrección y la vida”; la revelación va acompañada de una invitación a creer y una promesa de vida eterna. Marta, la discípula hace la profesión de fe ante el Señor, profesión de fe que se nos invita todo nosotros a hacer, especialmente en este día en que recordamos a nuestros seres queridos difuntos.
Oramos por los difuntos: ¿Creo que Jesús es la resurrección y la vida? ¿Creo en la Vida Eterna que nos promete el Señor? ¿Demuestro mi cariño por los difuntos, recordándolos, rezando por ellos?
Solemnidad de todos los Santos
Día 1 de noviembre
San Mateo, 5,1-12
(1) Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; (2) y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
(3) «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos
(4) Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra
(5) Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados
(6) Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
(7) Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia
(8) Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios
(9) Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios
(10) Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos
(11) Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa
(12) Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros
Hoy celebramos la fiesta de Todos los Santos.
Hoy la Iglesia conmemora a todas aquellas personas que vivieron la amistad con Dios en su caminar terreno y entraron por eso en su gloria. Se nos dice que todos los bautizados estamos llamados a la santidad. Hoy se nos explica lo que de verdad es ser santos: aceptar una y otra vez el perdón y la reconciliación que solamente nos puede alcanzar Cristo.
Los Santos son los que pasan por las tribulaciones cotidianas con entereza y paz como los que sufren los mayores tormentos por amor de Dios. Son los que mantienen su dignidad y defienden la de los demás como hijos de Dios. Son los que han descubierto la enorme riqueza de Dios Padre por la que pueden estar desprendidos de todo con la más absoluta confianza; son los que reconocen que la su fuerza viene de la alegría inacabable de Dios. Los mansos que, como coherederos con Cristo, heredarán la tierra. Son los herederos del Reino. Y son una enorme, universal y perfecta multitud entre la que esperamos contarnos.
Algunos santos son elevados a los altares como modelos de virtud y amor de Dios.
Pero muchos otros dejaron día a día una impronta de santidad que pasó quizá desapercibida a ojos humanos, pero que nunca escapa a la mirada atenta y amorosa de Dios.
Oración para este día: Oh Dios envíame tu Espíritu para que reconozca la llamada que me envías para parecerme a Ti e irradiar el mundo tu amor y misericordia.
DOMINGO XXX DEL TIEMPO PER ANNUM
San Lucas, 18,9-14
(9) Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: (10) «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. (11) El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. (12) Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. (13) El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. (14) Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Aprendamos a descubrir la humildad como don de Dios
«A algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás les dijo esta parábola.” Es fácil considerarnos buenos y por lo tanto justos y caer en la tentación de despreciar a los demás.
La oración es un elemento fundamental para relacionarnos con Dios, sin ella perdemos el rumbo de nuestra vida. Pero nuestra oración no puede ser una réplica de nuestros egoísmos y de nuestra mirada exclusiva hacia nosotros mismos. La oración se hace vida cuando recibimos el don de la humildad.
La humildad es el don que nos sitúa en el lugar de los pequeños, de los necesitados, de los que no se bastan a si mismos. Con la humildad nuestra vida se llena de luz porque nuestro corazón está abierto a lo que Dios quiera.
En los Evangelios se presenta a Jesús viviendo de la oración. Su corazón se abre constantemente a Aquel que es su Padre, para hacer su voluntad.
Pedimos por nuestra vida
Oh Dios, desciende con tu luz a la oscuridad de mi corazón para recibir fe, firmeza en la esperanza, caridad perfecta y profunda humildad. Así, viviré en tu conocimiento y sabiduría para hacer siempre tu voluntad.
DOMINGO XXIX DEL TIEMPO PER ANNUM
San Lucas, 18,1-8
En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”». Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
Aprendamos a orar sin desfallecer.
Les propuso una parábola para manifestarles que era preciso orar siempre sin desfallecer». La recomendación a “orar sin desfallecer” aparece muchas veces en el Nuevo Testamento (1 Tes 5,17; Rom 12,12; Ef 6,18; etc.). Este es un rasgo característico de la espiritualidad de las primeras comunidades cristianas, vivir desde la oración continua.
Jesús toma una escena de la vida real para presentar como la oración incesante nos hace descubrir la misericordia de Dios y su justicia. Es curiosa y significativa la imagen de un juez que es injusto, que la única norma es su propia imagen y su propio interés. Nuestra vida de oración cuando es constante ayuda a ablandar el corazón de aquellos que nada más piensan y creen en ellos mismos.
Ahora bien, este modo de orar con constancia en las circunstancias de nuestra vida debe llevarnos a vivir con la paciencia necesaria para no dejarnos llevar por la tentación del abandono. Ojalá el Señor nos haga siempre constantes en la oración.
Pidamos a Dios su ayuda.
Señor Jesús, tantas veces me impaciento. Me cuesta esperar. Hoy me doy cuenta que necesito orar con fe, abandonando mi vida en tus manos. Te pido me hagas valiente para confiar antes y primero en Ti con el corazón de un hijo que confía.