En "la Palabra para la vida" estudiaremos la Biblia para entenderla correctamente y se vive según sus enseñanzas, aplicando la fe en la vida diaria. Esto implica escucharla, orar, obedecer al Espíritu Santo para guiar las acciones y utilizar la Palabra como una brújula para tomar decisiones y ser una persona transformada.
Domingo, 1 de febrero de 2026
La verdadera riqueza no se mide en bienes materiales, sino en la humildad del corazón. 🙏✨ Que estas palabras nos recuerden que el verdadero tesoro es el Reino de los Cielos.
Mateo, 5, 1-12
Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; 2y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: 3«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. 4Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. 5Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. 6Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. 7Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. 8Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. 9Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. 10Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. 11Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. 12Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.
Reflexionamos con las Bienaventuranzas
Jesús vino para que pudiéramos tener vida y tenerla en plenitud, ahora y siempre. Nos dijo que nos había transmitido todo lo que había oído de su Padre, para que nuestro gozo fuera completo; pero a menudo nos contentamos con esperar la felicidad después de la muerte, en una especie de Otro Lugar que llamamos cielo, cuando él quiere que nuestra felicidad comience aquí en la tierra.
¿No interpretamos con demasiada facilidad las bienaventuranzas (que acabamos de oír) de la siguiente manera: bienaventurados los pobres, porque después de su miserable vida en la tierra recibirán en herencia el reino de los cielos; bienaventurados los que sufren, porque serán consolados en el cielo; bienaventurados los hambrientos, porque después de morir de hambre disfrutarán de deliciosos manjares en el cielo, etc., etc.?
El reino de Dios, donde los cojos caminan, donde el leproso es curado, donde el pecador es perdonado, donde los poderosos son derribados de sus tronos y los humildes son exaltados, donde los hambrientos son alimentados, no llegará al final de los tiempos. Este reino debe realizarse aquí en la tierra, o nunca existirá. Si se realiza aquí en la tierra, durará para siempre, porque es una realidad divina, porque es la realización de la dimensión divina del hombre creado a imagen de Dios.
¿Cómo podemos lograr tal misión? - Simplemente haciendo lo que Jesús explica en su Sermón de la Montaña, inmediatamente después de las Bienaventuranzas: "Os dijeron: 'No matarás'. Os digo que no insultéis, ni siquiera ofendáis a vuestro hermano. Se os ha dicho: 'No cometerás adulterio. Os digo que mantengáis puros vuestros ojos y vuestro corazón. Se les ha dicho: ojo por ojo, diente por diente. Os digo que no os dejéis envolver por la escalada de violencia; responded a la violencia con la no violencia. Se les ha dicho: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo os digo: amad a vuestro enemigo como a vosotros mismos.
Cuando todos los cristianos - todos nosotros - vivamos según estos principios, y lo hagamos de forma contagiosa, no habrá más pobres, hambrientos y afligidos. El Reino de Dios se hará realidad. Será el fin del tiempo, porque el tiempo se habrá unido a la eternidad y se habrá fundido en ella.
#Bienaventuranzas #Mateo5
Domingo, 25 de enero de 2026
Mateo, 4, 12-23
Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. 13Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, 14para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: 15«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. 16El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». 17Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». 18Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. 19Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». 20Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. 21Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. 22Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. 23Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
Orar con la Palabra
Celebramos el Domingo de la Palabra de Dios y el Evangelio nos presenta a Jesús comenzando su camino público en un contexto difícil. Hay silencios forzados, ausencias y situaciones injustas, pero allí mismo se enciende una luz nueva. Jesús no huye de la realidad ni espera condiciones ideales para actuar. En medio de lo que parece oscuro o confuso, Él da el primer paso y anuncia que el Reino de Dios está cerca.
Este mensaje es profundamente esperanzador para nuestra vida. Muchas veces pensamos que Dios solo puede actuar cuando todo está en orden, cuando los problemas se resuelven o cuando tenemos claridad absoluta. Sin embargo, Jesús nos muestra que Dios comienza su obra justamente allí donde más se la necesita. Cuando sentimos cansancio, desánimo o incertidumbre, el Señor sigue saliendo a nuestro encuentro y ofreciendo una luz que orienta y da sentido.
Jesús comienza a llamar a personas concretas, en su trabajo cotidiano, en medio de sus tareas habituales. No los convoca desde un lugar lejano ni con discursos complicados. Los mira, los llama y les propone un camino nuevo. La respuesta es inmediata: dejan lo que están haciendo y lo siguen. No porque tengan todo claro, sino porque confían en quien los llama.
Los primeros discípulos no reciben un plan detallado ni garantías. Lo único que saben es que Jesús los invita a caminar con Él y a participar de su misión. Ese seguimiento va transformando su mirada, sus prioridades y su forma de relacionarse con los demás. De pescadores pasan a ser hombres al servicio de una misión más grande.
También nosotros somos llamados a dejarnos transformar. Seguir a Jesús implica revisar qué ocupa el centro de nuestra vida, qué cosas nos atan y qué miedos nos frenan. No se trata de abandonar responsabilidades, sino de vivirlas desde otro lugar, con un corazón más libre y disponible. Cuando ponemos a Dios en el centro, nuestras decisiones comienzan a ordenarse y la vida adquiere una profundidad nueva.
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Domingo, 18 de enero de 2026
Juan, 1, 29-34
Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios». (Jn. 1,29-34)
Este Domingo nos habla del Bautismo en el Espíritu. Y lo hace a través de tres imágenes: El Cordero, La Paloma y el Fuego.
1.– EL CORDERO🐑 . Es el cordero pascual, que era para el judaísmo el signo de la liberación de Egipto. Se trataba de un recuerdo de la liberación de la esclavitud. Se mataba un cordero para comerlo y celebrar un acontecimiento. Quiere decir que por Cristo somos liberados de toda opresión. Y nada nos oprime y esclaviza tanto como el pecado.
2.-LA PALOMA🕊️ . La paloma, que había sido testigo de la muerte y de la destrucción en el diluvio, apareció después como anunciadora de nueva vida. Frente a lo muerto, lo petrificado o lo insensible, el Espíritu despierta siempre el amor a la vida. Por eso, vivir «espiritualmente» es «vivir contra la muerte», afirmar la vida a pesar de la debilidad, el miedo, la enfermedad o la culpa. Quien vive abierto al Espíritu de Dios vibra con todo lo que hace crecer la vida y se rebela contra lo que hace daño y la mata. El Espíritu Santo es considerado por los evangelistas como «Espíritu de vida». Por eso, dejarnos bautizar por Jesús significa acoger su Espíritu como fuente de vida nueva. Su Espíritu puede potenciar en nosotros una relación más vital con él y con los demás. Nos puede llevar a un nuevo nivel de existencia cristiana. El Espíritu nos lleva a vivir una vida en plenitud. No podemos pasar por este mundo con una vida ramplona, achicada, mediocre. Una vida así es vida frustrante, decepcionante, vacía. La vida de Jesús, animada por el Espíritu, es plena, bella, gozosa, ilusionante. Y a participar en esta vida estamos llamados todos los cristianos por la fuerza del mismo Espíritu.
3.- EL FUEGO 🔥 . Los discípulos experimentaron al Espíritu Santo como “fuego”. Un fuego que en el día de Pentecostés se posaba sobre los discípulos hasta enardecerlos, entusiasmarlos. Un fuego, como a los discípulos de Emaús, que les hacía arder por dentro. Eran alegres, entusiastas, fervorosos. Este fuego nos hace falta hoy en la Iglesia. Todo esto lo hemos de descubrir por experiencia personal en Jesús. De lo contrario, a quien no lo descubra, pronto notará que le falta fuerza y pasión; y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie. ”Como una persona que no arde no puede incendiar” (San Agustín).
Con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, construyamos una Iglesia fundada en el amor de Dios y signo de unidad, una Iglesia misionera, que abra los brazos al mundo, que anuncie la Palabra, que se deje interpelar por la historia y se convierta en fermento de concordia para la humanidad. Juntos, como un solo pueblo, como hermanos todos, caminemos hacia Dios y amémonos los unos a los otros. Papa León XIV. (18-Mayo-2025)
Domingo, 11 de enero de 2026
Mateo, 3 - 13-17
13Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. 14Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». 15Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió. 16Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. 17Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
Orar con la Palabra
Se nos acaba el tiempo de Navidad. Hemos caminado juntos por el Adviento, contemplado el Nacimiento de Cristo, vivido la Epifanía y hoy nos encontramos con el Bautismo del Señor.
Con la solemnidad del Bautismo del Señor termina el tiempo de Navidad e iniciamos el Tiempo Ordinario. La escena del Jordán es el principio de la vida pública del Salvador. A nosotros se nos abre también un tiempo “normal”, de camino corriente, tras la maravilla que hemos celebrado en Navidad. Pero también es tiempo de espera y de conversión. Esta primera parte del Tiempo Ordinario terminará en el Miércoles de Ceniza, el dieciocho de febrero. Ese día se inicia la Cuaresma, el ascenso hasta la Pascua gloriosa. Todos los tiempos y los momentos sirven para nuestra conversión. Y una característica de nuestro cambio –de la búsqueda del hombre nuevo—ha de ser el de la paz y la afabilidad. Jesús es afable y pacifico. Y así debemos ser nosotros. Recomendamos muy sinceramente, leer y releer esta semana los textos de la Misa. Y meditarlos en el silencio de nuestros cuartos y en la – deseable – paz de nuestras almas.
Jesús en el río Jordán se hace participe con todos nosotros, los pecadores. La respuesta de Jesús a Juan Bautista aclara desde el primer momento cuál es su misión: «Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». La obediencia de Jesús a la voluntad del Padre pone de manifiesto su condición de Hijo. Obediencia es seguimiento voluntario de lo que el Padre espera de Él: su entrega hasta la muerte por la salvación del género humano. Que se cumpla «así» quiere decir «hasta la cruz».
La voz que se escucha en el cielo es muy importante para la comunidad de Mateo. En los últimos tiempos, el pueblo de Israel creía que el cielo se había cerrado por completo. Pensaban que Dios estaba enfadado con ellos.
El profeta Isaías lo había señalado en su obra: No te irrites tanto, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo… “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 64,7-8; 63,19). Estimaban que Dios se había olvidado de ellos, pecadores. Colocando esa voz que baja del cielo, Mateo da a sus oyentes una buena nueva: el Padre ha escuchado la súplica de su pueblo, la puerta del cielo se ha abierto de par en par y ya no la cerrará más. Se ha acabado la enemistad entre el cielo y la tierra. Jesús es la llave que nos da acceso al Reino. Y todos tienen entrada en él.
Mateo a menudo compara a Jesús con Moisés. También en este episodio se puede ver a Cristo como el nuevo Moisés. Moisés recibió el Espíritu de Dios cuando, junto a todo el pueblo, salió de las aguas del Mar Rojo. Aquella fuerza de Dios le permitió guiar a los hebreos cuarenta años, a través del desierto, hasta la tierra prometida. También Jesús recibió el Espíritu después de haber salido del agua del Bautismo para reunir y conducir hacia la libertad a los hombres.
Domingo, 4 de enero de 2026
Juan 1:1-18
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 5 Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: 7este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. 8 No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; | el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. 13 Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, | ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. 15 Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». 16 Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
Y EL VERBO SE HIZO CARNE. Un Dios hecho “carne” identificado con nuestra debilidad, nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad Un Dios que mira extasiado la multitud de estrellas por la noche, obra de las manos de su Padre, y muy de mañana contempla la belleza de los lirios del campo en primavera. Un Dios que amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros excepto en el pecado.
HEMOS VISTO SU GLORIA. En el evangelio de Juan es muy importante el verbo ver. Pero según él, hay un “ver” en minúscula, es decir, ver la vida y existencia de Jesús en un sentido meramente histórico y un VER con mayúscula que consiste en ver en profundidad los acontecimientos de Jesús y su Persona. A este VER con mayúscula nos invita el evangelio al principio: “Venid y ved” (Jn. 1,39). Y, al final, en una escena estremecedora, nos presenta a Cristo muerto en la Cruz, con una invitación: “Mirarán al que traspasaron” (Jn.19, 37).
Todos los que lean este evangelio deben contemplar el misterio de un Dios que ha muerto por amor.
Domingo, 28 de diciembre de 2025
Mateo 2, 13-15, 19-23
13 Cuando los magos se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». 14 José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto 15 y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».
19 Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto 20 y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño». 21 Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel. 22 Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea 23 y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno.
Cuando todavía resuenan los ecos de las campanas de la Navidad, la Liturgia nos presenta a la Sagrada Familia, para que sigamos reflexionando sobre lo que significa la Encarnación del Hijo de Dios. El título de esta fiesta en medio del tiempo de Navidad es «la Sagrada Familia». Es Sagrada porque el amor es siempre sagrado, y cuando es verdadero «sabe a Dios», porque Dios es amor. Porque María, José y el Niño están «consagrados» totalmente al servicio de la voluntad del Padre. La Familia como Templo de Dios.
Cuando apenas si se habían marchado los Magos venidos de Oriente, cuando duraba aún el regocijo de haber visto cómo aquellos grandes personajes adoraban al Niño, aquella misma noche, el ángel le habla de nuevo para transmitirle un mensaje de lo alto. Algo inesperado y desconcertante. Ponerse en camino de inmediato pues el Niño, el Mesías, el Hijo de Dios, estaba en peligro de muerte. Era algo contradictorio y difícil de comprender que el rey del universo tuviera que esconderse, darse a la fuga por caminos desconocidos y llenos de peligros. Pero san José no titubea ni por un momento y se pone en camino, seguro de que aquello, lo que Dios disponía, era lo mejor que debía hacer. Su fe no vacila, al contrario, cumple con exactitud meticulosa lo que el ángel le ha ordenado.
Los escritos apócrifos han adornado con prodigios la marcha hacia Egipto. Los Evangelios, por el contrario, no dicen nada de eso, pues nada extraordinario ocurrió. José tendría que escoger los caminos menos frecuentados, para mejor burlar a sus perseguidores. Luego, ya en Egipto, buscaría trabajo entre gente extraña, como un emigrante judío más que había ido a Egipto para trabajar. Luego, cuando quizá estaban ya instalados y con todo resuelto, de nuevo se le aparece el ángel del Señor para indicarle que vuelva a su tierra. San José muestra otra vez su animosidad. Cuando llega, oye decir que Arquelao reina en Judea y que es peor todavía que su padre Herodes. Por eso decide marchar a Nazaret. Allí inició su vida de siempre, vida de trabajo afanoso e incesante, bien hecho, con mucho amor de Dios. Así pudo sacar adelante a su familia que, aunque sagrada, no carecía de dificultades.
José, María y Jesús escribieron las páginas más sencillas y entrañables de la Historia, páginas para que las contemplemos y las imitemos. Son tan sencillas que están al alcance de todos. Dios quiso mostrarnos cómo había de ser nuestra vida de familia y, durante treinta años, vivió unas circunstancias del todo iguales a las que hemos de vivir la inmensa mayoría de todos nosotros.
Vivamos, pues, como vivió san José, con una gran fe y, al mismo tiempo, con un esfuerzo serio por hacer bien el trabajo de cada día.
Oremos con la Sagrada Familia
Oh Dios, que nos has propuesto a la Sagrada Familia
como maravilloso ejemplo,
concédenos, con bondad,
que, imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor,
lleguemos a gozar de los premios eterno en el hogar del cielo.
Amén
Domingo, 21 de diciembre de 2025
“Cómo Jesús nació”
Oremos pidiendo en nosotros la disponibilidad de San José:
Te ofrezco, Señor, mis pensamientos, ayúdame a pensar en ti;
te ofrezco mis palabras, ayúdame a hablar de ti;
te ofrezco mis obras, ayúdame a cumplir tu voluntad;
te ofrezco mis penas, ayúdame a sufrir por ti.
Todo aquello que quieres Tú, Señor, lo quiero yo, precisamente porque lo quieres tú, como tú lo quieras y durante todo el tiempo que lo quieras.
Mateo 1, 18-24
18La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. 19José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. 20 Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. 21Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». 22Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta: 23«Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». 24 Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer.
En el Evangelio, San Mateo narra “cómo Jesús nació” y destacó el muy importante y central papel de María y José. Eran instrumentos de Dios para el cumplimiento de su misión de salvación para nosotros. La liturgia nos presenta hoy a un hombre que, en el silencio más profundo, pronunció uno de los “síes” más poderosos de toda la historia de la salvación. ¡José! Del hombre -que no dijo ni una sola palabra en todo el Evangelio-, dice el evangelista san Mateo: “José… hizo lo que el ángel del Señor le había mandado y tomó a María por esposa” (Mt 1,24). Pero cuyo silencio cambió el mundo para siempre.
Tratemos de entrar en el corazón de este hombre. La mujer que ama, María, su prometida, espera un hijo… y él sabe que ese hijo no es suyo. En aquella sociedad, en aquel contexto, esto no era un simple escándalo social. Esto podía significar la muerte para María. La lapidación. El final. Y aquí aparece la grandeza de José: el Evangelio nos dice que “era justo”. Pero ¿qué significa esto? A primera vista, podríamos pensar que José quería repudiar a María porque la ley se lo permitía, porque era lo correcto según las normas.
Pero no. José era justo de una justicia más profunda, más evangélica, más divina.
José era justo porque amaba más allá de la ley. Era justo porque prefería perderlo todo antes que condenarla. Era justo porque, ante el misterio que se desplegaba ante sus ojos, tuvo la humildad reconocer: “Aquí hay algo que me supera. Aquí está actuando Dios. ¿Quién soy yo para entrometerme?”
José pensó en apartarse no por dureza de corazón, sino por respeto al misterio. No se sentía digno. María había sido elegida por Dios… ¿y él? Él era simplemente José, el carpintero. ¿Cómo iba él a insertarse en este plan divino? Pero hay algo más, que no podemos pasar por alto. José era “hijo de David”. Descendiente del gran rey David. Y aquí está la paradoja histórica más impresionante: José, el carpintero de Nazaret, era el heredero legítimo del trono de David. Herodes, en cambio, el que se hacía llamar “rey”, no lo era.
Herodes era un usurpador, un rey ilegítimo impuesto por Roma. El verdadero rey trabajaba con las manos en un taller. El verdadero heredero del trono estaba en la sombra, en el silencio, en la humildad. Y es precisamente a través de él que Jesús será llamado “hijo de David”, el Mesías esperado, el Rey de reyes. Dios tiene un sentido del humor y una pedagogía impresionantes: el Rey del universo no entra en la historia a través de palacios, sino a través de un carpintero. Y entonces, en medio de esta crisis, de esta incertidumbre, de este dolor… Dios interviene. Un ángel se le aparece en sueños a José y le dice: “José, hijo de David” —fijémonos cómo lo llama!, ¡por su dignidad real!— “no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”.
Domingo 14 de diciembre de 2025
Decid a Juan: los ciegos ven
Recemos desde el fondo de nuestro corazón:
“Ven Señor Jesús, se tu la Alegría de mi vida”
Mateo 11, 2-11
2Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle: 3«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». 4Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: 5los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. 6¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!». 7Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? 8¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. 9Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. 10Este es de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. 11En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.
El tercer Domingo de Adviento es conocido como el Domingo de la Alegría. Una alegría desbordante: “El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría”. ¿Cuál es el motivo de la alegría?
Alegraos porque el Señor está cerca. Es curioso descubrir cómo todos los acontecimientos que tienen una relación con el Nacimiento de Jesús están llenos de alegría.
Hoy, a más de 20 siglos de distancia de los hechos, nos preguntamos: ¿Se nota que el Mesías está con nosotros? ¿Vivimos los cristianos una alegría especial? La alegría, la verdadera alegría capaz de convertir el páramo y la estepa de nuestro corazón en “flor de narciso” es el Emmanuel, el Dios con nosotros.
¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? A la cárcel donde está preso Juan Bautista, le llegan noticias de Jesús que a Juan le dejan desconcertado. Jesús no habla de ira, de venganza, de desquite por parte de Dios. En los labios de Jesús afloran palabras de bondad, de dulzura, de cercanía, de perdón y de misericordia. Con Jesús comienza “El Reino de Dios”. Coincidiendo con lo mejor de los profetas, Jesús apela a las obras.
Es curioso que Jesús, a la pregunta de Juan, no contesta con palabras, sino que apela a los hechos concretos: Decidle lo que estáis viendo: “Los ciegos ven, los sordos oyen, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan y los pobres reciben buenas noticias”.
Domingo 7 de diciembre de 2025
Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos
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Oramos
Señor, me reconozco pobre y pecador
ante ti y ante los hermanos.
Ábreme los ojos, Señor, para que me vea como soy
Conviérteme, Señor, de tanta hipocresía
a una vida humilde, de conversión.
Muéstrame los caminos de tu amor.
Llévame por la huella de la compasión y misericordia.
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Mateo 3, 1-12
1Por aquellos días, Juan el Bautista se presenta en el desierto de Judea, predicando: 2«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». 3Este es el que anunció el profeta Isaías diciendo: «Voz del que grita en el desierto: | “Preparad el camino del Señor, | allanad sus senderos”». 4Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. 5Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y de la comarca del Jordán; 6confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. 7Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: «¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? 8Dad el fruto que pide la conversión. 9Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Tenemos por padre a Abrahán”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. 10Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego. 11Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. 12Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga».
Hemos llegado al Segundo Domingo de Adviento y el Evangelio nos propone algo distinto de los mensajes que en estos días encontramos invitándonos al consumo y a la fiesta. Juan el Bautista, alza la voz desde el desierto y nos llama a la conversión.
El camino de la conversión es interior, desde el corazón y para ello se nos recomienda allanar aquello que está torcido en cada uno de nosotros: la soberbia de pensar que siempre tenemos razón, el rencor que nos impide el perdón, el egoísmo que nos encierra en nosotros, las heridas que no hemos sanado, la tristeza que nos paraliza, la fe que se nos ha dormido.
La fe es necesario ponerla de manifiesto con nuestras obras, no basta confesar con los labios es necesario abrir nuestra vida al amor y la misericordia de Dios. Por ello, hoy se nos recuerda con palabras fuertes que no podemos vivir este adviento de modo frío y rutinario.
Domingo 30 de noviembre de 2025
Tiempo privilegiado para prepararnos para el nacimiento del Señor y para vivir el cierre del Jubileo.
Oramos al inicio del Adviento
Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno.
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Mateo 24, 37-44
37Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. 38En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; 39y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: 40dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; 41dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán. 42Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. 43Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. 44Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.
Comenzamos hoy un nuevo Adviento, un nuevo año litúrgico. Y cada inicio trae siempre ilusión, alegría y la experiencia de que Dios vuelve a darnos nuevas oportunidades. Empezar de nuevo es siempre un regalo: nos recuerda que la vida no está cerrada, que siempre podemos crecer, convertirnos, reencontrarnos con Dios, el Dios de la misericordia y de la vida. Eso es el Adviento: un tiempo que despierta la esperanza. En realidad, toda nuestra vida es una preparación. No una preparación por miedo, sino por amor al Esposo, que ya llega. Pero, en el Adviento, se nos invita a prepararnos especialmente.
El Adviento no sólo es un periodo de cuatro semanas que nos prepara para la Navidad. El Adviento es una virtud, una actitud que consiste en interpretar todo lo que sucede en nuestra vida cotidiana, mirando más allá y tratando de ver todo lo que nos sucede en la perspectiva de la historia y de la meta hacia la que se dirige.
En el Evangelio Jesús pide una actitud de "vigilancia" y "atención". Debemos vivir con los ojos abiertos y las manos extendidas. La vigilancia, en el espíritu de este texto evangélico, no es, pues, una espera pasiva del regreso del Señor en una oración de quietud. Es la comunión con Jesús y la participación en su vida.
Estar despierto no sólo significa no dormirse en la despreocupación, como en los tiempos de Noé, sino también velar con Jesús, acompañarlo en su subida a Jerusalén y en la cruz.
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Oremos
Señor, enséñanos a encajar la cruz de cada día; la cruz que exige el amor a los que más sufren y a todas las personas; la cruz que conlleva la lucha por la verdad, por la justicia, por la paz; la cruz que nos viene cuando somos fieles a Ti y a tu Evangelio.
Señor, danos sabiduría para tener siempre presente que la cruz por amor merece la pena, nos hace más humanos, nos acerca a Ti y da vida a cuantos nos rodean.
Señor, enséñame a llevar mi cruz contigo. Amén. (Sta. Teresa de Calcuta).
San Lucas 23, 35-43
35El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». 36Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, 37diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». 38Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». 39Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». 40Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? 41Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». 42Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». 43Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».
La Solemnidad de Cristo Rey cierra el año litúrgico. Y contemplamos en el Evangelio la escena de la agonía de Jesús en la cruz, en medio de las burlas y con la inscripción que lo declara con ironía rey de los judíos.
El reino de Cristo es misterioso y aparece en esta escena como oculto. Su realeza es paradójica, no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo hombre.
El buen ladrón manifiesta una disposición fundamental demandada al otro ladrón: “¡ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios!”.
El temor de Dios significa aquí asumir con responsabilidad y sinceridad las consecuencias de los propios actos, sin echarle a Dios la culpa de ellos. Es lo que el ladrón le explica al otro malhechor: “Nosotros estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero éste no ha hecho ningún mal”.
El temor de Dios mueve al buen ladrón a reconocer y confesar su culpa. Así pasa, mediante la contrición, del temor al amor: “¡Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino!”. Y recibe entonces no solo el perdón de Dios sino también la promesa del paraíso.
«Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas»
San Lucas 21, 5-19
5Y como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo: 6«Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida». 7Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?». 8Él dijo: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos. 9Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida».
10Entonces les decía: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, 11habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo. 12Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. 13Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. 14Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, 15porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. 16Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, 17y todos os odiarán a causa de mi nombre. 18Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; 19con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.
Nos acercamos al final del año litúrgico, y nos encontramos con un evangelio en el que Jesús nos habla de la destrucción del Templo y de la llegada del fin de los tiempos. El Templo de Jerusalén era conocido en la antigüedad por su grandeza y esplendor. Algunos en el evangelio de hoy admiran su calidad y belleza. Sin embargo Jesús les reprocha que tenían un Templo recubierto de oro pero su corazón se había alejado de Dios. Estaban vacíos por dentro y hacían un culto superficial.
Los textos apocalípticos no buscan infundir miedo, sino consolar, animar y alertar a las comunidades que sufren persecución.
Jesús nos previene: “Muchos vendrán en mi nombre diciendo: ‘Soy yo’, ‘ha llegado la hora’. No les sigáis” (Lc 21,8).
Es una llamada a la vigilancia, a no dejarnos engañar por falsas seguridades ni por quienes prometen soluciones fáciles. En tiempos de confusión, la fe se pone a prueba, y es entonces cuando debemos aferrarnos a lo esencial. San Lucas recoge este discurso escatológico para alentar a su comunidad: que no pierdan la esperanza, que comprendan que la historia no se escapa de las manos de Dios. Todo se realiza según lo anunciado por Jesús.
Jesús nos invita a mirar más allá de las apariencias. No nos dejemos seducir por la belleza efímera ni por el miedo al futuro. Lo importante no es saber cuándo será el fin, sino cómo vivimos el presente. La fidelidad a Cristo implica dificultades, incluso rechazo por parte de los más cercanos. Seguirle exige radicalidad, como la que Él vivió en su pasión, hasta sentir el odio en carne propia. Pero también nos asegura: “Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá” (Lc 21,18). Es decir, nada se pierde para quien confía en Él.
El Evangelio concluye con una llamada a la esperanza: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lc 21,19). ¿Cómo esperar ese día? Con perseverancia. Este término respira esperanza en Aquel que cuenta hasta los cabellos de nuestra cabeza. Perseverar es mantenerse firme, resistir, confiar, permanecer en Cristo.
Oración
Señor que ninguna circunstancia pueda apartarnos de tu amor. Danos confianza en Ti para que las dificultades y el mal no pueda tener la última palabra en nuestra vida.
«Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre»
Día 9 de noviembre
San Juan 2, 13-22
13Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. 14Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, 15haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; 16y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre». 17Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora». 18Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?». 19Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». 20Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». 21Pero él hablaba del templo de su cuerpo. 22Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
El evangelista San Juan nos dice que el viejo templo de Jerusalén debe ser sustituido por el nuevo.
Los antiguos sacrificios de animales deben dar paso al verdadero sacrificio agradable al Padre: El de su Hijo muerto en la Cruz. Y el Nuevo Templo será el Cuerpo Resucitado de Jesús. Si el viejo templo, casa de su Padre, no se podía convertir en “mercado”, el Nuevo, mucho menos. Nadie puede hacer negocio con las cosas de Dios.
Los cristianos somos “templos vivos del Espíritu Santo” (1Cor. 3,16). Y en este “nuevo templo” no sacrificamos animales sino que somos nosotros mismos la ofrenda: “Os exhorto a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual” (Ro, 12,1). Yo soy el pan y el vino del sacrificio. Como pan debo de partirme, dar mi vida por los demás. Como vino, debo derramar mi propia sangre en actitud de servicio por mis hermanos.
Oración
Señor, al acercarme al Evangelio me siento fuertemente atraído por un “impacto de novedad”.
Hablas de un nuevo templo, de un nuevo vino, de un nuevo pan, de una nueva vida.
¿Cómo es posible vivir tanta novedad con una vida vieja?
Señor, hazme nuevo, renuévame por dentro, capacítame para las sorpresas que Tú me quieres dar.
Amén
Conmemoración de los fieles Difuntos
Día 2 de noviembre
San Juan,11,17-27
17Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. 18Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; 19y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano. 20Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. 21Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. 22Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». 23Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». 24Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». 25Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; 26y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». 27Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
En el día de ayer, celebramos la Solemnidad de los Santos y, en el día de hoy, el calendario nos trae la Conmemoración de los fieles Difuntos.
Hoy leemos un texto del Evangelio de San Juan, concretamente el de la Resurrección de Lázaro:
Jesús sabiendo que, su amigo Lázaro estaba muy enfermo fue hacia él, pero llegó cuando llevaba cuatro días muerto; Marta la hermana de Lázaro y discípula y amiga de Jesús, le reprocha con delicadeza y con fe su tardanza, pero sabe que aún ahora Jesús puede actuar. El Señor le anuncia que su hermano resucitará y ella entiende que sí lo hará en el último día, pero he aquí que Jesús se revela ante ella diciendo: “Yo soy la resurrección y la vida”; la revelación va acompañada de una invitación a creer y una promesa de vida eterna. Marta, la discípula hace la profesión de fe ante el Señor, profesión de fe que se nos invita todo nosotros a hacer, especialmente en este día en que recordamos a nuestros seres queridos difuntos.
Oramos por los difuntos: ¿Creo que Jesús es la resurrección y la vida? ¿Creo en la Vida Eterna que nos promete el Señor? ¿Demuestro mi cariño por los difuntos, recordándolos, rezando por ellos?
Solemnidad de todos los Santos
Día 1 de noviembre
San Mateo, 5,1-12
(1) Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; (2) y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
(3) «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos
(4) Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra
(5) Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados
(6) Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
(7) Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia
(8) Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios
(9) Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios
(10) Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos
(11) Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa
(12) Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros
Hoy celebramos la fiesta de Todos los Santos.
Hoy la Iglesia conmemora a todas aquellas personas que vivieron la amistad con Dios en su caminar terreno y entraron por eso en su gloria. Se nos dice que todos los bautizados estamos llamados a la santidad. Hoy se nos explica lo que de verdad es ser santos: aceptar una y otra vez el perdón y la reconciliación que solamente nos puede alcanzar Cristo.
Los Santos son los que pasan por las tribulaciones cotidianas con entereza y paz como los que sufren los mayores tormentos por amor de Dios. Son los que mantienen su dignidad y defienden la de los demás como hijos de Dios. Son los que han descubierto la enorme riqueza de Dios Padre por la que pueden estar desprendidos de todo con la más absoluta confianza; son los que reconocen que la su fuerza viene de la alegría inacabable de Dios. Los mansos que, como coherederos con Cristo, heredarán la tierra. Son los herederos del Reino. Y son una enorme, universal y perfecta multitud entre la que esperamos contarnos.
Algunos santos son elevados a los altares como modelos de virtud y amor de Dios.
Pero muchos otros dejaron día a día una impronta de santidad que pasó quizá desapercibida a ojos humanos, pero que nunca escapa a la mirada atenta y amorosa de Dios.
Oración para este día: Oh Dios envíame tu Espíritu para que reconozca la llamada que me envías para parecerme a Ti e irradiar el mundo tu amor y misericordia.
DOMINGO XXX DEL TIEMPO PER ANNUM
San Lucas, 18,9-14
(9) Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: (10) «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. (11) El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. (12) Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. (13) El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. (14) Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Aprendamos a descubrir la humildad como don de Dios
«A algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás les dijo esta parábola.” Es fácil considerarnos buenos y por lo tanto justos y caer en la tentación de despreciar a los demás.
La oración es un elemento fundamental para relacionarnos con Dios, sin ella perdemos el rumbo de nuestra vida. Pero nuestra oración no puede ser una réplica de nuestros egoísmos y de nuestra mirada exclusiva hacia nosotros mismos. La oración se hace vida cuando recibimos el don de la humildad.
La humildad es el don que nos sitúa en el lugar de los pequeños, de los necesitados, de los que no se bastan a si mismos. Con la humildad nuestra vida se llena de luz porque nuestro corazón está abierto a lo que Dios quiera.
En los Evangelios se presenta a Jesús viviendo de la oración. Su corazón se abre constantemente a Aquel que es su Padre, para hacer su voluntad.
Pedimos por nuestra vida
Oh Dios, desciende con tu luz a la oscuridad de mi corazón para recibir fe, firmeza en la esperanza, caridad perfecta y profunda humildad. Así, viviré en tu conocimiento y sabiduría para hacer siempre tu voluntad.
DOMINGO XXIX DEL TIEMPO PER ANNUM
San Lucas, 18,1-8
En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”». Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
Aprendamos a orar sin desfallecer.
Les propuso una parábola para manifestarles que era preciso orar siempre sin desfallecer». La recomendación a “orar sin desfallecer” aparece muchas veces en el Nuevo Testamento (1 Tes 5,17; Rom 12,12; Ef 6,18; etc.). Este es un rasgo característico de la espiritualidad de las primeras comunidades cristianas, vivir desde la oración continua.
Jesús toma una escena de la vida real para presentar como la oración incesante nos hace descubrir la misericordia de Dios y su justicia. Es curiosa y significativa la imagen de un juez que es injusto, que la única norma es su propia imagen y su propio interés. Nuestra vida de oración cuando es constante ayuda a ablandar el corazón de aquellos que nada más piensan y creen en ellos mismos.
Ahora bien, este modo de orar con constancia en las circunstancias de nuestra vida debe llevarnos a vivir con la paciencia necesaria para no dejarnos llevar por la tentación del abandono. Ojalá el Señor nos haga siempre constantes en la oración.
Pidamos a Dios su ayuda.
Señor Jesús, tantas veces me impaciento. Me cuesta esperar. Hoy me doy cuenta que necesito orar con fe, abandonando mi vida en tus manos. Te pido me hagas valiente para confiar antes y primero en Ti con el corazón de un hijo que confía.